La osteoporosis es una enfermedad esquelética sistémica caracterizada por una disminución en la densidad de la masa ósea como resultado de una reducción en su matriz orgánica. Los huesos se tornan más porosos, aumenta el número y tamaño de las cavidades en su interior, se tornan más frágiles, resisten peor los golpes, son susceptibles a los levantamientos, y se quiebran con mayor facilidad. La osteoporosis causa la gran mayoría de las fracturas óseas en las mujeres mayores de cincuenta años.

Esta enfermedad representa la causa subyacente de millones de fracturas óseas cada año, y donde más de medio millón de estas son vertebrales y más de un cuarto de millón son pelvicas. De más está decir que los costes de la rehabilitación profesional alcanzan cifras astronómicas. Además, el costo inherente a la incapacidad, el dolor, y el sufrimiento crónico resultan imposibles de cuantificar. A causa de la osteoporosis, aproximadamente el 50% de las mujeres sufren dolor y deformidad en la columna vertebral a los 75 años de edad.

Existen dos tipos de osteoporosis: el Tipo I y el Tipo II.

El tipo I afecta exclusivamente a mujeres, y específicamente poco después de concluir la menopausia, presentando fracturas por aplastamiento en la zona del brazo justo por encima de la muñeca. Tales fracturas son consecuencia de la reducción en la densidad ósea que acompaña a la deficiencia de estrógeno a lo largo de la menopausia.

El tipo II afecta a mujeres y hombres, pero el volumen de mujeres afectadas duplica a los hombres. Son características las fracturas de pelvis y otras áreas anatómicas. Debido a que el Tipo II se presenta mas tarde en la vida, la disminución en la absorción de calcio en personas de avanzada edad suele jugar un papel central en su desarrollo. Por otro lado, es probable que la concomitante deficiencia de estrógeno también contribuya al proceso, lo que explicaría su mayor incidencia en el sexo femenino.

La suplementación con calcio, la terapia hormonal con estrógeno, y un programa regular de ejercicio físico, son tres enfoques terapéuticos básicos y efectivos que se emplean en la actualidad para minimizar o revertir las pérdidas en la masa ósea. Adicionalmente a lo anterior, quizás la mejor solución de todas consista en adoptar una actitud activa de carácter preventiva.

Previo a la menopausia, el desarrollo de huesos fuertes y sanos a través del ejercicio físico en combinación con una dieta rica en calcio, constituye la medida preventiva por excelencia. Un reservorio de hueso, creado a lo largo de este periodo de la vida, puede retrasar la aparición de osteoporosis en las etapas posteriores de la vida, incluso en la ancianidad.

La osteoporosis se correlaciona de forma intima con la infrautilización ósea, es decir, de una reducción de las cargas mecánicas que obran sobre las estructuras esqueléticas en el campo gravitacional de “1g” correspondiente a la Tierra. Probablemente, tal fuerza de gravedad haya sido la única característica ambiental estable durante su evolución, que duro aproximadamente 4.550 miles de millones años. Con respecto a la evolución biológica, que duro aproximadamente 3.600 millones de años, virtualmente todos los organismos vivientes, incluyendo al ser humano, han utilizando la fuerza de la gravedad en su propio beneficio.

Estudios con astronautas han demostrado que la ausencia de gravedad provoca una disminución de la densidad ósea y masa muscular. Debido a la ingravidez, los astronautas suelen “estirarse,” ganando centímetros de altura en el espacio. Tanto en astronautas en el espacio como en deportistas en la Tierra, las cargas relacionadas con la actividad física producen mejorías organicas en la masa ósea y muscular.

Estudios realizados sobre el fémur de distintos deportistas demostraron una mayor densidad ósea en aquellos que practican halterofilia (altas cargas gravitacionales), seguidos por lanzadores de peso, corredores, jugadores de fútbol, y finalmente nadadores (bajas cargas gravitacionales). Debido a que la natación no ejerce presión sobre los huesos, la densidad ósea tiende a no diferir de las personas sedentarias. Debido a la mayor densidad del medio acuoso, la fuerza de la gravedad tiende a disminuir. De esta forma los nadadores reciben el beneficio de una fuerza hacia arriba que compensa la fuerza de la gravedad hacia abajo.

Otro estudio demostró que debido a las cargas y vibraciones implicadas, tanto la densidad ósea como la masa muscular del brazo dominante de los tenistas masculinos suele ser hasta un 35% mayor que en el brazo no dominante; esta cifra se reduce al 28% en las tenistas femeninas.

El mecanismo de acción exacto, responsable del aumento en la masa ósea como resultado del ejercicio físico, continua bajo investigación. No obstante, todo apunta a que el ejercicio físico ejerce una fuerza, presión, tensión, y/o vibración sobre el hueso, que provoca cambios en el potencial eléctrico que, a su vez, inducen tanto la formación como la densidad ósea.

Guillermo Laich

Director médico Centro Médico de las Rozas. Especialista en Cirugía Plástica, Reconstructiva y Estética (MIR). Profesor de Patología Medica y Quirúrgica.

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