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En la etapa histórica donde más profesionales de la salud existen (desde médicos hasta entrenadores, nutricionistas, psicólogos…), la obesidad y el sobrepeso sigue su imparable ascenso , calculándose índices de incidencia en países como Estados Unidos que sobrepasan el 30% (1 de cada 3 adultos tiene sobrepeso u obesidad).

Más allá del aspecto estético, la obesidad conlleva una serie de afectaciones negativas para la salud a nivel cardiovascular, osteoarticular, incidencia de diabetes o incluso algunos tipos de cáncer, que la sitúan como una de las principales enfermedades adquiridas en su mayoría por hábitos de vida que pueden ser evitados (Jakicic et al., 2019).

Con el avance de los estudios científicos en relación a los diferentes componentes implicados en el desarrollo y mantenimiento de la obesidad, nuestro conocimiento sobre la misma se mejora, pero en muchos casos esta clase de conocimientos se quedan en entornos de personas que ya los conocen, mientras que la población que padece esta situación sigue asumiendo algunos mitos como ciertos, mientras que otros hechos conocidos los ignoran (Casazza et al., 2011).

El objetivo de esta reflexión es exponer 2 de estos mitos, junto con otros 2 hechos contrastados, que puedan ayudar a ir combatiendo la obesidad desde diferentes ámbitos y profesionales de la salud.

Mitos

Cambios pequeños en el consumo o gasto energético, producen una gran cantidad de pérdida de peso a largo plazo.

Cuando la obesidad se contempla desde un paradigma puro matemático (como diferencia entre kcal que consumes y kcal que se gastan), las cuentas parecen ser muy claras: si consideramos que para consumir un kg de grasa corporal necesitamos gastar 3500 kcal extras, simplemente gastando 100 kcal más por día (caminar 1.5km, por ejemplo) produciría una pérdida de peso de más de 20kg a cinco años vista. La realidad es que el cuerpo se adapta a ese tipo de reducciones, que existen períodos del año donde se consumen más kcal diarias, que la masa muscular (principal organismo energético junto con el cerebro) apenas se activa con ese gasto energético y tiende a disminuirse…. La realidad es que con datos de muchos miles de personas a 25 años vista, la tendencia es a ganar 0,50-0,8 kg por año (Dutton et al., 2016).

Grandes pérdidas de peso en corto plazo de tiempo, se asocian con un efecto rebote (reganancia mayor de peso) o peores perspectivas que una pérdida más moderada y gradual en el tiempo.

Un mito muy arraigado que tiene relación con el punto anterior, y se basa en ver las perspectivas a largo plazo de manera lineal, sin tener en cuenta que el cuerpo humano es un sistema adaptativo complejo, que tenderá a mantener el peso que ha ganado y le resulta más sencillo almacenar grasa, que deshacerse de ella (a nivel celular, nuestro cuerpo está pensado para períodos de escasez, no para acceso libre y barato a cualquier tipo de comida).

Hace años que se ha comprobado que una disminución más rápida en el peso corporal, produce una mayor cantidad de pérdida de peso total, que además se mantiene a más largos plazo que pérdidas muy graduales (Nackers et al., 2010).

Caminar es el mejor ejercicio para las personas obesas.

El estiramiento estático de moderada o larga duración va a tener dos efectos a nivel agudo: un incremento en el rango de movimiento, y una disminución en el rendimiento, sobre todo a nivel neuromuscular (fuerza máxima, capacidad de salto o número de repeticiones que puedes hacer hasta el fallo muscular), cuando el estiramiento es de alta intensidad y una duración considerable (>1minuto) (Barroso et al., 2012).

Hechos

La herencia genética no es el factor principal ni más importante para desarrollar obesidad.

Aunque desde la industria farmacéutica y médica se invierten miles de millones de euros anuales en tratar de indagar sobre los factores genéticos que pueden combatirse para prevenir y tratar la obesidad, la realidad actual es bastante clara:

  • Cambios muy pequeños que puede hacer cualquier persona (tu genética no puede modificarse) relacionados con la dieta y el ejercicio físico, son como mínimo igual de eficaces que cualquier medicamento disponible. Si esos cambios en vez de ser pequeños son de gran dosis, entonces superan con creces a las intervenciones farmacológicas (Casazza et al., 2010).
  • La mayor parte de estudios genéticos en grandes poblaciones, no controlan precisamente estos dos factores clave en el desarrollo de la enfermedad (dieta y ejercicio físico), con lo que los resultados son bastante pobres, inconcluyentes y con apenas claridad que relacionen algún tipo de gen concreto y obesidad (en población sin enfermedades genéticas) (Loss, 2018).
  • En uno de los pocos estudios comparando a gemelos monocigóticos donde uno ha entrenado a largo plazo y el otro no, se ve cómo claramente el gemelo que entrena tiene una mayor expresión de fibras musculares relacionadas con la resistencia, bastante mayor consumo de oxígeno, 1 casi un 10% de grasa menor (Bathgate et al., 2018).
La intensidad y cantidad de ejercicio físico, son claves para incrementar la salud (se pierda peso o no), y para mantener las pérdidas de peso conseguidas.

Sin misterios: cuantas más horas de entrenamiento a intensidad moderada y/o vigorosa a la semana que se realizan, menos probabilidad de incrementar de peso, y mejores resultados en cuanto a pérdida de grasa corporal y mantenimiento a medio-largo plazo de dichas pérdidas (Jakicic et al., 2019).

En este sentido, recalcar que la actividad de baja intensidad recomendada por excelencia, el caminar, no se ha demostrado de manera consistente que rebaje el peso corporal o el IMC, ni con la incidencia de padecer obesidad (MacInnis et al., 2014).

Bibliografía

Bathgate, K. E., Bagley, J. R., Jo, E., Talmadge, R. J., Tobias, I. S., Brown, L. E., ... & Galpin, A. J. (2018). Muscle health and performance in monozygotic twins with 30 years of discordant exercise habits. European journal of applied physiology118(10), 2097-2110.

Casazza, K., Fontaine, K. R., Astrup, A., Birch, L. L., Brown, A. W., Bohan Brown, M. M., ... & McIver, K. (2013). Myths, presumptions, and facts about obesity. New England Journal of Medicine368(5), 446-454.

Dutton, G. R., Kim, Y., Jacobs Jr, D. R., Li, X., Loria, C. M., Reis, J. P., ... & Sidney, S. (2016). 25‐year weight gain in a racially balanced sample of US adults: The CARDIA study. Obesity24(9), 1962-1968.

Jakicic, J. M., Powell, K. E., Campbell, W. W., Dipietro, L., Pate, R. R., Pescatello, L. S., ... & Piercy, K. L. (2019). Physical Activity and the Prevention of Weight Gain in Adults: A Systematic Review. Medicine and science in sports and exercise51(6), 1262-1269.

Loos, R. J. (2018). The genetics of adiposity. Current opinion in genetics & development50, 86-95.

MacInnis, R. J., Hodge, A. M., Dixon, H. G., Peeters, A., Johnson, L. E., English, D. R., & Giles, G. G. (2014). Predictors of increased body weight and waist circumference for middle-aged adults. Public health nutrition17(5), 1087-1097.

Nackers, L. M., Ross, K. M., & Perri, M. G. (2010). The association between rate of initial weight loss and long-term success in obesity treatment: does slow and steady win the race?. International journal of behavioral medicine17(3), 161-167.

Iván Gonzalo

Creador de Elements System. Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. Máster Oficial en Investigación CAFYD.

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